sábado, 13 de junio de 2009

Míster, ¿qué quiere oír?. Pilar Rahola

Como buen populista, que sabe qué decir a cada oreja, para que todo el mundo esté contento, Obama llegó a Al Azhar y empezó a repartir jabón, hasta el punto de que se deducía, de su discurso, que Al Azhar era la Universidad mundial de las luces. Por supuesto, se olvidó de las sombras...

Aún está en Egipto siguiendo a Obama, cuando hablo con mi estimado amigo Henrique Cymerman, a quien han concedido el prestigioso premio Conde de Godó. Pocos lo merecen tanto como este brillante periodista que ha sabido navegar en la tormenta de un gran conflicto, encontrando siempre la brújula de la información. Me comenta que la presión de Obama sobre Israel es útil para Netanyahu, porque le facilita su giro hacia posiciones moderadas sin deterioro excesivo en su masa votante.

Ciertamente, en el jeroglífico indescifrable de la política israelí –la más compleja del mundo –, nunca nada es lo que parece, y allí donde los ojos occidentales ven presión, en Israel pueden ver, en palabras del periodista Mario Wainstein, "una cómoda escalera". Pero más allá de la cuestión israelí, cuya gramática con Estados Unidos siempre necesita muchos diccionarios (no en vano EE.UU. es el primer aliado de Israel, pero también el primero de Arabia Saudí, y el mayor donante palestino), el "histórico" discurso de Barack Obama en la Universidad Al Azhar de El Cairo pone sobre la mesa la cuestión más espinosa del siglo XXI: la relación entre Occidente y el islam. Y es en ese punto central donde el discurso presenta lagunas notables y una más notable dosis de ingenuidad.

Ana Jerozolimski (la conocida periodista Jana Beris) se pregunta si se trata de un visionario, más que de un ingenuo, pero no participo de su optimismo, porque Obama pisa fuerte en las palabras que usa, y son éstas las que lo dicen todo sobre el presidente. Más bien creo que Obama es, en política exterior, un considerable émulo de Zapatero, con la diferencia pertinente a la categoría de cada cual. Analicemos, pues, el discurso de Al Azhar.

Como buen populista, que sabe qué decir a cada oreja, para que todo el mundo esté contento, Obama llegó a Al Azhar y empezó a repartir jabón, hasta el punto de que se deducía, de su discurso, que Al Azhar era la Universidad mundial de las luces. Por supuesto, se olvidó de las sombras, como por ejemplo, que la mayoría de grandes teóricos del yihadismo se han formado en esos muros –desde los fundadores de los Hermanos Musulmanes hasta el propio Hamas–, y que nunca la Universidad ha demostrado inquietud por ello.

Decía el analista James Neilson, en un artículo reciente, que "como buen progresista norteamericano, atribuye la hostilidad visceral de los islamistas a los últimos acontecimientos", y partiendo de este simplismo, salva todas las culpas –que haberlas, haylas–, del propio mundo islámico. Puede que Bush fuera malo malísimo, pero el yihadismo aprendió a odiar los valores occidentales a principios del XX, cuando Obama no había nacido, y solo tenía 18 años cuando se produjo la revolución iraní. ¿Qué edad tenía cuando mataron a decenas de personas en Kenia, en el 98, o el asesinato de más de 200 marines en el Líbano, en el 83, o el atentado de Amia, en el 94? Poco histórico resulta un discurso histórico que aterriza en el corazón del mundo académico islámico, y, lejos de aprovecharlo para la crítica integral, sólo saca el látigo para fustigar a los occidentales.

Este tipo de lagunas, que alimentan el victimismo islámico, tanto como nutren obsesivamente la autoflagelación occidental, sólo sirven para practicar el elegante e inútil ejercicio del enjabonamiento cósmico. Decir lo que quieren oír, siempre le ha funcionado en su carrera política, pero ¿es un lema para la alta estrategia internacional? De momento, sólo parece un lema para garantizar la supervivencia personal.

Pero, además, ¿cuánto de histórico tiene aterrizar en el islam y no decir que es criminal que una mujer no pueda salir sola a la calle, y no morir en el intento? ¿Cómo se tienden puentes de diálogo con dictaduras que pueden condenarte a muerte por llevar una cruz? ¿Cuánta culpa tienen las dictaduras islámicas amigas de la propagación del fanatismo? Perdonen, pero lo de Obama sólo me pareció histórico en el continente. El contenido fue una retahíla de tópicos, con la única función de enjabonar al islam, para ganar simpatías.

"We can", decía Obama en su campaña. La pregunta es: podemos, ¿qué?..
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Pilar Rahola
La Vanguardia. Barcelona.
09/06/2009