miércoles, 28 de octubre de 2009

Discurso de Alejandro Alvargonzález, embajador en Bosnia Herzegovina, a las tropas españolas por el Día de la Hispanidad

Me piden que les dedique a ustedes unas palabras en el día de hoy, fecha adelantada de la celebración de nuestro día nacional. Lo clásico sería iniciarlo con aquello de "es un honor para mí”... Se trata de una frase más o menos protocolaria, que en el fondo no quiere decir nada si quien la pronuncia no tiene voluntad de que así sea... Les adelanto que este no es el caso. Por eso utilizo la fórmula: "Es un honor para mí", realmente lo es, rendirles mi homenaje desde esta tribuna. Es un honor para mí dirigirle unas palabras a un grupo de españoles, y hoy, en Bosnia y Herzegovina, ante soldados de España. Algunos sin ser de nacionalidad española, pero soldados de España al fin y al cabo, dispuestos a dar su vida por ella, sin grandes alharacas, discretamente, como lo han hecho siempre. Como han hecho a lo largo de toda la historia.


Ustedes son la noble herencia de una historia que pocos, desgraciadamente pocos, conocen. Uno lee "la defensa de las indias", de Julio Albi, y descubre que con un puñado de hombres, que eran ustedes, se defendió -durante varios siglos y con notable éxito -la costa que va de la Florida a la Patagonia, y de esta hasta California. Uno se va al mayor experto de la historia del Pacífico, el australiano Spate, y descubre que su obra más importante la tituló "el lago español", y lo hizo por ustedes. Uno recorre el extremo oriente y descubre la presencia de soldados de España en Camboya y Tailandia ya en el siglo XVI, estudiando mapas de China, tratando con Japón.

Eran ustedes.

Ustedes fueron en buena medida quienes extendieron el español por el mundo. Eran ustedes. Ustedes han protagonizado las casi 60 misiones internacionales que arrancan de los años 80. Recuerdo bien las primeras, en Centroamérica, donde yo estaba destinado entonces. Fui testigo de la mano izquierda para acercarse a cualquier escenario, y de la mano derecha para dar seguridad cuando se demandaba. Vi actuar a médicos de uniforme y a soldados de paisano, y les vi dar un paso al frente siempre. Siempre.

Ustedes son los que caminan las calles de Mostar, de Sarajevo, de Trebinje, de tantos sitios en Bosnia y Herzegovina, donde su uniforme es objeto de respeto, de reconocimiento, sabedores todos de su profesionalidad, de su espíritu de sacrificio. Lugares donde se han ganado el aprecio de sus gentes, donde España -por ustedes -significa algo.

Un día dejarán de ser necesarios en Bosnia y Herzegovina. Se irán. Pero quedarán su recuerdo y la admiración de quienes les conocieron. Quedarán las placas con los nombres de sus compañeros caídos en Mostar, o esa plaza que siendo de España es de ustedes, o ese pinsapo que donaron y seguirá creciendo en algún lugar, o el afecto de esos ancianos a los que surtían de gasolina, de alimentos, de mantas. Y quedará la prueba de su valor. Así me lo han dicho tantas y tantas veces: "ellos llegaron, y empezamos a sentirnos seguros".

Cuentan que los tercios de Flandes, cuando volvían a España gustaban de desfilar en la Plaza mayor de Madrid, y que para esa ocasión recibían la orden de entrar en la plaza "pisando fuerte". Así nació la expresión de "entrar pisando fuerte". Así entraron ustedes, y así deberán salir: "pisando fuerte".

Un día se irán. Se vaciará Camp Butmir, crecerá la hierba entre las grietas del asfalto, se hará el silencio donde estamos, no habrá ni misa de domingo, ni oiré las palmas de un soldado de Cádiz, ni degustaré la paella que uno de ustedes se tomo como un ejercicio a todo o nada, ni recibiré noticias de tal o cual desplazamiento. Me alegraré mucho de que no sean ustedes ya necesarios en Bosnia y Herzegovina Se me llenará la boca cuando diga que España, en su pequeña o gran responsabilidad, cumplió. Pero les aseguro también que cuando despida al último, cuando vea despegar ese avión, empezaré a echarles en falta.

Y ustedes, una vez más, habrán cumplido.

Y me refiero a ustedes con legítimo orgullo porque hablar de ustedes es hablar de mi propia familia. De mis primos y tíos en Infantería de Marina, a los que admiraba en mi infancia y sigo admirando hoy. De mi padre, jurídico de la Armada, de mi abuelo en el Cuerpo de Ingenieros, de mis bisabuelos haciendo la guerra de Marruecos o de Filipinas. Ellos eran ustedes, si acaso ustedes me lo permiten.

Pero también ustedes son ellos. Quiero decir que también en ustedes se verán otros. Los 23 soldados de España fallecidos en Bosnia y Herzegovina son ustedes, porque en ustedes viven. Saben ustedes bien que cuando les miren a ustedes los padres o los hijos de aquellos que fallecieron los verán a ellos, porque ustedes son ellos. Porque tienen ustedes, y solo ustedes, el honor de serlo.

Todo esto era para explicarles porque es un honor para mí poder dirigirles unas palabras a ustedes.

Y porque es un honor dirigirme a ustedes, y porque ustedes son Cristo Ancor Cabello, les ruego que me permitan también que este sea un homenaje a él. Fallecido en Afganistán, pero vivo en cada uno de ustedes.

Que sea él quien a través de ustedes grite conmigo, con nosotros,

¡VIVA EL REY!

¡VIVA ESPAÑA!

La arenga patriótica es un género que en España, por inusual, nos sorprende e intimida. En España estamos acostumbrados a pintar una visión algo negativa de la huella de nuestra nación en la historia. Supongo que como reacción al franquismo y resultado de una educación en la que los símbolos y el propio nombre de la nación tienden a obviarse y el adjetivo españolista suena a insulto.


La arenga no busca ser equilibrada. Busca electrizar corazones apelando a sentimientos y sentimentalismos. No aspira, por tanto, a ser una ecuánime tesis doctoral.

Todo el mundo necesita arengas. Más la gente a la que se demanda un desempeño que con la simple racionalización intelectual será difícil de alcanzar: militares y deportistas están en ese grupo. Pero hay que saber hacerlas, sin que caigan en el folklorismo soez ni en la tibia y gris retahíla del burócrata.

Nuestros políticos y funcionarios se tienen en tan alta estima que eluden este género complicado, arriesgado, recurriendo a lugares comunes y formulas descafeinadas. De ese modo evitan lo que mas temen: no que su discurso no cumpla el objetivo motivador necesario, sino que alguien, por mínimo exceso, los pueda ridiculizar por patrioteros.

Por eso el discurso del embajador nos llama la atención y conmueve: porque se la juega. Sabe a quién va dirigido y cuál es su objetivo. Con sus mejores armas, y con un verdadero sentido de su función publica, Alvargonzález lo ejecuta admirablemente. Conoce el embajador que también hay claroscuros y vergüenzas en nuestra historia militar. Pero, acertadamente, deja que el bardo de los otros cante sus propios éxitos (y nuestras miserias)

Al lanzar esta arenga a nuestras tropas, el Embajador Alvargonzález puso su corazón en el empeño, le echó coraje, cumplió la función para la que se le requería. Algo tan sencillo constituye tal novedad que nos tiene a todos comentándolo, y ha expuesto los complejos y vergüenzas de nuestra clase política y funcionarial, que no parece sentir ni padecer. Para ellos el objetivo parece ser el escaqueo y la supervivencia del sueldo. Desde el jefe del embajador, el Ministro de Exteriores, que entre sonrisas sólo balbucea, pasado por el Presidente del Gobierno de la discutida y discutible nación con su también discutible gramática, y llegando al Jefe del Estado (y de las Fuerzas Armadas) que no parece haber dicho nada memorable en los últimos veinticinco años (si obviamos el poco elaborado "por qué no te callas"). Y, por supuesto, toda la cohorte de pegapalabras que les escriben sus discursos.


PS: he tenido la suerte de conocer al Embajador Alvargonzález como primer cónsul de España en Shanghai. Me pareció un tipo cabal, y todo el mundo daba magníficas referencias de él